A mayor caridad, menor política pública

A dos meses de gobierno, Jimmy Morales ha privilegiado apelar al “buen sentimiento” de diferentes sectores de la población para resolver problemas nacionales y poco o nada ha dicho sobre su resolución política integral.

Ya desde la época de campaña, a Morales se le preguntó en repetidas oportunidades cómo haría para resolver algunos de los problemas que mayormente aquejan al país. Se le preguntaba, en el marco de un discurso que carecía por completo de contenido operativo y ello se agudizó cuando sus diputados decidieron salirse de la discusión del presupuesto nacional para el actual año fiscal. Un ejemplo de ello fue: ¿cómo abastecerá esos hospitales, como usted tanto declara? El presidente electo respondió sin tapujos que ya había hablando con algunas personas que harían donaciones para paliar la crisis.

¿Cuál fue el resultado de dichas “pláticas”? Pues que con bombos y platillos el presidente y su equipo anunciaron que los abastecimientos se habían hecho efectivos; días después, la Procuraduría de los Derechos Humanos verificó que dichos medicamentos e insumos hospitalarios eran ciertos, pero que muchos de ellos estaban vencidos o no cumplían con los requisitos necesarios para minimizar —no se diga resolver— la emergencia. El propio vicepresidente Jafeth Cabrera, ex rector de la universidad pública, cuya profesión es la de las ciencias médicas, cínicamente declaró que hasta él había tomado medicina vencida y defendió lo sucedido.

Otro hecho que ejemplifica lo que hemos dicho inicialmente es que ante las recientes declaraciones del Ministro de Educación, en relación a la situación lamentable de la escolaridad nacional, específicamente en el aspecto infraestructural, el presidente anunció que la escasez de pupitres (que se estimó en 10,000 unidades) se podía resolver si “cada maestro donaba un escritorio”. Por si esto fuera poco, estimó un costo de Q122.00 para cada escritorio y dijo que oficiales del Ejército “desde el fondo de su corazón” fabricarían al menos 2 500 unidades, donadas de su propio salario; hoy, nuevamente, las redes sociales de la presidencia informaron que el Industria Militar haría escritorios y que serían unos 23,500 e incluso salen fotos del presidente supervisando la obra.

Para finalizar esta serie de ejemplos, sorpresivamente apareció este fin de semana una noticia que situaba al presidente de la República en plena Plaza de la Constitución —mejor conocida como Parque Central—, tomando la palabra en una cadena de oración para “pedir por la paz de Guatemala”.

Suficientes ejemplos los anteriores para hacer algunas reflexiones y algunas deducciones. La primera es que al parecer, el presidente de verdad cree que los problemas del país se van a resolver con caridad. Esto supone, desde la perspectiva filantrópica y religiosa, que el Estado no tiene la obligación de resolver problemáticas y que al contrario es un gestor de buenas voluntades de los ciudadanos. En este sentido, el mandatario confunde, terriblemente, instituciones de obras sociales/Iglesia con Estado, lo cual ha demostrado durante la época moderna una grave limitación para el desarrollo mismo de ambas instituciones.

Pero más allá de su confusión mental, algo más práctico se esconde en este actuar presidencial. Básicamente es que el Ejecutivo no tiene ni la menor idea de qué son y para qué sirven las políticas públicas y de su importancia. Se sabía, claro, que ello pasaría desde luego que no se presentó ningún plan de gobierno y tampoco un equipo. La improvisación era de esperarse. Pero, peor aún es que ya en el gobierno se siga teniendo esta mentalidad.

¿En qué momento dejará el presidente de ofrecer fórmulas milagrosas y empezará a formular objetivos realizables, indicadores medibles, resultados valorables? Ya es tarde para esto, es una irresponsabilidad asumir una institución de gobierno sin este trabajo previo, pero si no se empieza ya, sólo queda esperar que nos deje un país aún peor del que encontró.

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