Además y después de la CICIG, parte II: la vía CICIG, la vía penal

Segunda entrega de la serie de reflexión y análisis del papel de la CICIG en Guatemala.

La violencia de las leyes
Dicho de una vez, privilegiar a la CICIG como eje articulador de las transformaciones sociales de Guatemala es el reconocimiento expreso de que el sistema político nacional no funciona, que hay que arreglarlo por la fuerza, que los protagonistas de dicho cambio no somos ni pudimos ser los ciudadanos y que, por ende, fracasamos como sociedad para lograrlo por otros medios: no militares y no penales.

Y es que el derecho penal es eso, fuerza. Es violencia. Ningún proceso penal es no violento. Por eso se desarrolla ritualmente, ante jueces togados a los que hay que reverenciar, fiscales señalando con el dedo, entre policías fuertemente armados y grilletes, entre barrotes, con cuentas bancarias congeladas, inmuebles inmovilizados, arraigos y otras prohibiciones o mandatos. Se desarrolla entre cámaras enfocando a los desgraciados que han caído sobre los infernales rieles del poder punitivo; con gente boquiabierta viendo cómo se tritura “a los malos”.

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Es el reconocimiento del uso de la fuerza pero dentro de un marco institucional. No mediante la ruptura que significaban los golpes de Estado de hace 30 años. No mediante la intervención extranjera directa de hace 60 años. Es mediante las leyes. Son hombres de leyes los que lo protagonizan. Con sus trajes y corbatas, códigos y maletines. Son hombres de leyes… orientados por hombres diplomáticos. Es una relación multilingüe esa, pero que tiene en común que todos usan trajes y corbatas.

El Derecho Penal es el reconocimiento de la fuerza a un ente ficticio, al Estado. Es su legitimación plena. Es la última instancia antes de la guerra, es consumar al Estado sin ponerlo en riesgo. El Derecho Penal es la concentración de eso que Hobbes llamó El Leviatán , en honor a la bestia veterotestamentaria. El derecho penal es su mejor representación, es su esencia. Por eso los liberales de ahora están tan equivocados, porque cuando se refieren a reducir al Estado no piensan en su esencia, en su máxima capacidad de entrometerse en la vida de las personas de forma parcial o permanente, privando de la libertad, los bienes o hasta la vida de las personas; esos miserables apenas si piensan en limitarlo para meterse en la vida de ellos, en la de sus negocios, nada más.

El inusitado entusiasmo
A la vez que, como se dijo, se privilegia la vía penal, se desdeñan otros medios. Quizás no antiestatales, ni tan públicos, ni tan llamativos para la población sedienta de venganza. Pero otros medios al fin, menos violentos. Más democráticos.
¿Por qué se desdeñan esos otros medios? Pues porque nunca funcionaron. No funcionó la apuesta por la educación, ni la cultura cívica, ni la denuncia ciudadana, ni la prensa, ni la pluralidad política. No funcionó nada. Todo era inútil. Había que ser violentos. Violentos, pero sin mancharnos las manos, nadie quería mancharse las manos. Por eso había que ser violentos pero sin ser grotescos. Por eso funciona tan bien la vía CICIG, porque es violenta sin ser grotesca. Porque se escuda en las leyes. Porque todo está normado. Porque deja poco margen a la arbitrariedad absoluta.

Esa fue la apuesta CICIG, la de la violencia “civilizada”, la de las leyes. Es más sencillo sentarse a ver el espectáculo: ¡Júzguenlo, júzguenlo!, como le decían a Jesús cuando liberaban a Barrabás. El pueblo se aglutinó y pidió cabezas. Y la CICIG les está dando eso. Cabezas. Cabezas de altos funcionarios y de uno que otro empresario (es desproporcional, por cieto, la cantidad de funcionarios versus empresarios que va a quedar finalmente en prisión). A la gente le gusta ver rodar cabezas. Sin cabezas de malvados, con nombre y apellido, no entiende el mal. Se entretiene la gente. Poporopos y aguas gaseosas para ver el espectáculo. Cada jueves un nuevo episodio. Es comodísimo ver ese episodio desde el hogar. Una hora diaria frente al televisor y un poco de redes sociales bastan para sentir que hemos hecho algo.

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“Hemos hecho algo”, esa es la alegría. El país está cambiando. Ya ruedan cabezas, el mal no es una relación social ni una práctica política, era apenas un par de decenas de mercenarios de la política. Y están en el piso, tirados, frente al público. Ud. puede ir a verlos. Están allí. No son mentiras.

Sin más vías para siempre
Pero, ¿Y si antes no había otras vías, nunca más las habrá? Esa es la pregunta. Ahora que se ve de rodillas a unos maleantes de cuello blanco, ¿se terminó la delincuencia de cuello blanco? ¿Podemos acostarnos seguros? ¿Funcionará esta vez de una vez y para siempre?
¿O dejamos puestas las piras en la plaza central para vivir siempre atentos a llevar ante los tribunales a los mal encausados?
Termina cada capítulo de la novela, ¿y después qué? ¿A la monotonía cotidiana del “no me importa” porque la CICIG está allí, para salvarme el trasero a mí y mis hijos y a los hijos de mis hijos?

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