ESTUDIOS SOBRE EL PODER

Acto Cívico (o de cómo torturar a un niño)

No entendía el “feliz que tus aras”, porque no era feliz; ni el “sin choque sangriento”, porque a sus 7 años ya había visto mucha sangre…


Eran las 7 de la mañana, Rony no había desayunado, tenía hambre, el calor se empezaba a sentir en la aldea. Tiene la mirada pícara, “sos de lo que ya no hay”, le decía su abuela. Tenía una chispa y una energía, de esa de quienes pueden llegar a hacer grandes cosas, pero que es apagada en la escuela porque es “muy tremendo”.

Era lunes de época seca, no había agua en la casa. A pesar de todo estaba en la escuela “para que no sufrás lo que sufrí yo”, le decía su mamá. Tocaba acto cívico, aquel momento en el que los paraban bajo el sol o, con suerte, bajo la sombra del único árbol de la escuela. No entendía el “feliz que tus aras”, porque no era feliz; ni el “sin choque sangriento”, porque a sus 7 años ya había visto mucha sangre; tampoco “ay de aquel que con ciega locura sus colores pretenda manchar”, porque la bandera de la escuela estaba bastante percudida. No entendía nada de aquella canción ajena.

A lo que se hablaba, o más bien se mal leía, ya no le prestaba atención. Tenía hambre. Y aquellos símbolos le parecían lejanos, lejanos a su comunidad, lejanos a su familia, lejanos a su idioma. ¡Cómo hubiera querido poder haber estado jugando! ¡O escuchando aquel bello cuento de la señorita que llegó una vez a la escuela! ¡O disfrutando del río como cuando estaba limpio!

En cambio, esa mañana algo pequeñito moría en él, un poco de su chispa se apagaba. Esa mañana hubo acto cívico, y el sol y la realidad le abofeteaban la cara.

Última modificación: 8 de septiembre de 2017 a las 12:33
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