Cultura compartida

Compartir una cultura libre también es una acción política y de restitución de derechos.

Por Linda Gare

Hace 29 años” Joseph Wresinski lanzaba una propuesta retadora: la cultura compartida, libera. Entre la situación de pobreza en que viven millones de personas y la dominación de los derechos humanos, “la cultura debe hacer la diferencia”. A través de ella se puede transformar la sociedad al goce de sus derechos.

Esta es una relación de dos direcciones: la primera, reconocer que las personas más pobres son portadoras de un conocimiento válido, de una cultura propia. La segunda, permitir a todas y todos el acceso universal al conocimiento.

Lo contrario a una cultura libre (y liberadora) es la privatización del saber. Según el Sistema de Información de Tendencias Educativas en América Latina en Guatemala alrededor del 24% de la educación primaria es privada, la cifra aumenta en el nivel secundario a casi el 60%; en contraposición, la educación pública está en decadencia, al punto de ser considerada como exclusiva de los pobres.

Ante la escasa existencia de políticas públicas de Estado que se materialicen en cambios concretos para que todas y todos, empezando desde los más pobres, puedan acceder al conocimiento universal,” el camino es compartir lo que sabemos, unas con los otros, sin importar de dónde venimos: todos tenemos algo que aprender y algo que enseñar.

Retomando a Wresinski: liberar las inteligencias, la imaginación y la creatividad junto a las personas a quienes se les ha negado el acceso a la cultura, también es un combate en favor de los derechos humanos.

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