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Del desfile del orgullo gay a la paradoja de la tolerancia

Tanto Voltaire como Popper han dicho no a tolerar la intolerancia.

Por Silveria Miranda

El lunes 22 de julio me junté con una amiga a tomar un café. El sábado anterior tuvo lugar el desfile del orgullo gay y tal vez los primeros tres cuartos de hora hablamos sobre esto.

Platicamos más que todo de cosas positivas como el color y la diversidad, lo difícil que puede resultar para una persona heterosexual comprender el orgullo que implica reivindicar opciones de género históricamente reprimidas e inscritas en relaciones de resistencia/poder.

Sin embargo, para este artículo quiero enfocarme en lo que fue la parte más desagradable de la conversación: el discurso de odio e intolerancia enunciado por mucha gente en las redes sociales respecto al desfile, el uso del escudo de Guatemala en la bandera gay y, por ende, la comunidad LGBTIQ como tal.

Este momento de la charla inició con nosotros conversando sobre memes y comentarios leídos en las redes sociales. No los voy a reproducir aquí, pero podemos ubicarlos entre mensajes al tenor de <tengo derecho a la libre emisión del pensamiento, por ende, quién se ofenda por lo que digo tiene la obligación de tolerarlo, si no, es intolerante>, y otros que llegaban a apelaciones directas al uso de la violencia física.

Recordé el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire. En esta obra, el filósofo critica la intolerancia del cristianismo, –específicamente de la Iglesia católica–, a partir de la condena y ejecución de Jean Calas, un protestante condenado a terribles suplicios tras ser acusado de la muerte de su hijo, un católico converso. Una de las tesis centrales de este texto de Voltaire es que una sociedad no puede tolerar la intolerancia.

Al proseguir la revisión de textos sobre el tema, me di cuenta que este ha sido un problema recurrente en la ciencia social: “la paradoja de la tolerancia”. Parafraseando a Karl Popper, en su libro La sociedad abierta y sus enemigos, podemos preguntarnos, ¿Debería una sociedad tolerar la intolerancia, digamos, en nombre de la libertad de emisión del pensamiento?

La respuesta a la que llegan tanto Voltaire como Popper es que no.

La paradoja radica en que una tolerancia sin límites puede llevar a la extinción de la tolerancia misma. Cuando extendemos la tolerancia hacia aquellos que son abiertamente intolerantes –por ejemplo, contra minorías dominadas en determinada relación de poder–, las personas tolerantes terminan perdiendo la partida y con ellas la sociedad también pierde tolerancia.

Por eso nos parece que cualquier grupo o individuo que enuncie mensajes violentos contra otros grupos sociales, predicando odio e intolerancia, debe estar fuera de la ley por el bien de la sociedad.

Por paradójico que parezca, la defensa de la tolerancia en función del bien común requiere que esta no tolere la intolerancia, que le imponga límites. Este sentido del Bien de la sociedad, nos remite a una cuestión moral, <entre el bien y el mal>.

Entonces, en el contexto de las redes sociales –que es ahora donde más nos percatamos del discurso de odio–, ¿Qué significa no tolerar la intolerancia?

Nos parece que al menos significa indignación, y hacerla pública. Conviene reportar usuarios que enuncien un discurso que apela a la violencia y al mantenimiento de relaciones de poder excluyentes.

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