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El DR-CAFTA nos prohibirá los discos pero no las canciones

A casi diez años de tratado de libre comercio, las disposiciones en materia de derechos de autor aceptadas por los Estados Parte restringen la participación en la vida cultural.

El DR-CAFTA, cuyo documento final se consensuó en 2004 y entró en vigencia a lo largo de 2005 y 2006, fue recibido con los brazos abiertos por las oligarquías nacionales y resistido desde los movimientos sociales en toda la región. Pero más allá del paquete de medidas económicas e institucionales a los que se sometieron los países, existen algunas otras regulaciones que pasaron inadvertidas pero que vulneran otra serie de derechos.

Sí, nos referimos al capítulo 15 sobre derechos de propiedad intelectual. En términos de patentes, ya estamos viendo las consecuencias con la aprobación de la Ley de Protección de Obtenciones Vegetales —Decreto 19/2014 o Ley Monsanto, contemplado en el Artículo 15.1- con la que se pretenden otorgar licencias para el usufructo de especies vegetales y penar con cárcel y multas a quienes las usen sin autorización. Un perfecto ejemplo de criminalización del campesinado y de apropiación de los conocimientos y prácticas ancestrales en un país predominantemente indígena y rural.

¿Pero qué sucede con los derechos de autor?

En un primer acercamiento podríamos pensar que lo que aquí se está haciendo es proteger los derechos morales y patrimoniales de los músicos, escritores y cineastas, entre otros. Pero lo que no contempla este tratado es la tensión que existe entre los derechos de los autores y los derechos de la ciudadanía a la participación en la vida cultural.

Las legislaciones internacionales suponen que todos los países se encuentran en condiciones ideales de acceso a la cultura. No solo no contemplan que relegar la participación cultural a cuestiones de mercado excluye a una gran porción de la población, sino que, aún contando con los recursos financieros, muchas veces las obras no se encuentran disponibles en nuestras regiones: películas que no se estrenan, DVD y CD que no se importan —o lo hacen a precios desorbitantes-, libros y series que no se pueden consumir on line fuera de Estados Unidos, etc.

Vayamos al documento

Si bien muchas de las disposiciones detalladas en el Artículo 15.5 sobre las Obligaciones pertinentes a los derechos de autor y derechos conexos ya existían previamente en las legislaciones nacionales de los países, el hecho de que estén tipificadas en el mencionado tratado implica un marco de restricción a la posibilidad de implementar futuras reformas. Veamos los puntos clave:

1. Suscripción a convenios internacionales. La primera tarea asignada a los países es la de suscribirse a una serie de tratados sobre propiedad intelectual. En este sentido, se exhorta a las Partes a suscribir el Tratado de la OMPI sobre Derechos de Autor (1996) y el Tratado de la OMPI sobre Interpretación o Ejecución y Fonograma (1996). Todos los países de Centroamérica ya las habían ratificado a excepción de República Dominicana que lo hizo en 2005.

2. Unificación del plazo de protección de las obras. Según el apartado 4 del tratado, las Partes deben garantizar que la protección de los derechos patrimoniales de los autores se extienda hasta 70 años después de su muerte. Guatemala, en su Decreto 33-98 Ley de Derechos de Autor y Derechos Conexos, establece una protección de 75 años desde la muerte del autor. Esto significa que hay que esperar al menos tres generaciones para que las obras pasen a dominio público. Por suerte en nuestros países la canción de feliz cumpleaños es de dominio público desde 1985, ¡pero ojo con cantarla en Estados Unidos!

3. Persecución a quienes evadan los DRM o diseñen dispositivos para hacerlo. La “gestión digital de derechos(DRM, por sus siglas en inglés) es un término utilizado para denominar al conjunto de tecnologías de restricción de acceso a obras o dispositivos digitales. ¿Se acuerdan cuando querían copiar un DVD y no se podía? Bueno, ¡eso! En el apartado 7 se detalla que “cada Parte establecerá procedimientos y sanciones penales” para quienes evadan las medidas tecnológicas que controlen el acceso a una obra protegida o que creen o distribuyan dispositivos diseñados para tal fin. Esto significa que no se puede si quiera hacer copias de obras que hayamos comprado legalmente.

4. Excepciones ridículas. No seamos injustos, el DR-CAFTA tiene corazón. Además de recordarnos que “las Partes reconocen la importancia de confiar en las fuerzas del mercado” nos explica que el “acceso por parte de una biblioteca, archivo o institución educativa sin fines de lucro a una obra, interpretación o ejecución, o fonograma a la cual no tendrían acceso de otro modo, con el único propósito de tomar decisiones sobre adquisición”. Las organizaciones pueden acceder a una obra a la que no tienen acceso solo para evaluar si la van a comprar. ¡Genial DR-CAFTA!, los jóvenes de las bibliotecas populares de Centroamérica te lo agradecen.

Restringir es más fácil y barato que expandir

A lo largo de sus 10 apartados, el artículo 15.5 no impone restricciones novedosas en materia de derechos de autor o que se alejen de estándares globales. Lo que sí hace es establecer un nuevo marco regulatorio que legitima el modelo internacional vigente y hace más difícil la tarea de diseñar, en términos legales, políticas públicas inclusivas en materia de acceso a la cultura. En vez de sumar esfuerzos en ampliar no solo el consumo sino una práctica cultural activa, legislaciones como el DR-CAFTA reducen la participación en la vida cultural al consumo mercantil productos de la industria cultural.

Mientras tanto, se pueden pensar en alternativas que propongan modelos culturales distintos. Existe todo un sistema de licencias que no entran en conflicto con este modelo pero que lo combaten con sus mismas reglas. Estas proponen que los autores otorguen de antemano permisos de uso, distribución, adaptación —entre otras tantas cosas- para sus obras sin que los artistas “se mueran de hambre” como nos quieren hacer creer. Es cuestión de saber aprovechar el poder que nos da Internet de saltar a los intermediarios, conectarnos entre pares y construir entre todos un modelo de intercambio en el que cada día participemos más.

Así como creemos en la distribución de la tierra y la riqueza, creemos en la de la cultura. No queremos ser simples consumidores ni ser piratas. Queremos que la cultura circule libremente para expandirla y alimentarla, democratizarla y reproducirla.

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