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El para qué de la escritura

¿Qué se nos plantea cuando escribimos actualmente? ¿Desde qué circunstancias lo hacemos? ¿Hacia qué horizonte apunta la palabra?

El sábado pasado nos reunimos un grupo de treinta personas para protestar frente al consulado turco, en Manhattan. Amarraba mi bicicleta a una parada de bus cuando se acercó Matthew, un amigo anarquista. Llevaba trifoliares sobre la Revolución de Rojava y hojas informativas contra la invasión al noreste de Siria. Me dio un cordel formado por lazos verde, amarillo y rojo, símbolo de la lucha kurda. Me lo puse al cuello y fui a repartir boletines a una esquina.

Una joven profesora, Ozlem, me decía: “Me siento triste, veo el ataque de los turcos, aquí gritamos aunque sea.” Del otro lado, un hombre vestido de negro, formal, nos llamaba terroristas. Junto a él, un grupo de siete personas, hombres y mujeres, llevaban banderas rojas de media luna, parte de la Asociación Turca Americana en esta ciudad. Ellos unían banderas de Estados Unidos y Turquía. La policía impedía que hubiera altercados. Así, eran las consignas las que atravesaban la barrera: Turkey is a Fascist State. Los pequeños grupos críticos son sumamente importantes, pese a no ser muchos en número. Crean sensación de comunidad, de los descontentos que abogan contra la guerra de exterminio.

Es tan pequeña nuestra voz, mas algo brilla a través de ella. Nuestra voz, tenaz y débil a la vez, no presagia por el momento la reforma agraria o la formación de un conciliábulo urbano. A lo mejor, lo verdadero en ella, en la mezcla entre nostalgia, horizonte y presencia, es la persistencia misma. ¿Cómo? Tal vez como salir de la cama, tomar el bus y creer a pesar de todo. Pensar en humanidad, no renunciar al tamaño de los sueños.

Pensar en términos de humanidad, concretamente, requiere pensar en heridas y curas, en posibilidades. Las montañas y los horizontes nubosos son propicios para el acto. Hace unos meses, en los cerros de Vicalamá, Nebaj, caminamos con una decena de ixiles que habían participado en la resistencia. Allí, en un lugar donde el pino cubre los cerros y los senderos parecieran dibujar sentidos, es posible hallar en las charlas y el paisaje la concepción de una esperanza. No se anuncia, simplemente se presenta. Narraban el dolor de sus muertas y muertos, caídos en combate, llorando, pero a la vez reviviéndolos en el recuerdo colectivo. En las cimas de los cerros, cruces blancas y velas derretidas se entremezclan en el suelo. Dicen que los montes, en ambos extremos de Nebaj, de norte a sur, se hablan, anuncian entre sí las lluvias: Vicampanavitz. Los balbaxtix aprenden a escucharlos, a interpretar sus sonidos tectónicos.

Cuando pasan los eventos de la vida, las vicisitudes, la conciencia entre nuestros anhelos y nuestros límites, allí palabras como revivir, cerro propicio, grito en la ciudad, esperanza, son alicientes a una posibilidad, tal vez remota, pero experimentada. El mejor ejercicio es taparse los ojos y sentir la oscuridad como misterio, allí donde tu pasión por la vida es recibida por la paz de una espera. ¿Quién ha estado todo ese tiempo allí, presto a ser reconocido?

La escritura no es nada en sí, y puede denotar caminos en ocasiones. En una ocasión, de adolescentes, subimos con unos amigos las lomas de zona 17, en ciudad de Guatemala. Nos encaramábamos en la torre eléctrica. Desde allí podíamos ver nuestros barrios de infancia, las montañas de oriente y la ciudad extendida sobre el valle. De pronto, mientras miraba la ciudad, sentí un profundo amor por lo que veía, como una puerta de entrada hacia algo. Era y no era la ciudad. La etnógrafa Stefania Pandolfo[1], al meditar sobre las áreas urbanas de Marruecos, menciona la creencia árabe que en las ciudades, sus recovecos, horizontes, figuran elementos propios del alma. ¿Cómo reconocemos en la actual geografía vivida nuestra propia alma, con sus fisuras y peligros, con su valentía para asumir el vacío y creer?

Hoy, cuando pienso en la palabra, en la escritura, viene a mí ese momento de la contemplación amorosa de la ciudad de Guatemala, del horizonte iluminado de Vicampanavitz o las consignas por las comunas kurdas en Manhattan. No sé qué depara y si es posible que la escritura como unión exprese el horizonte del grito contra la injusticia, el clamor de los oprimidos y enfermos, la canción de unos días que han venido y están acá. En ese sentido, la escritura y la música comparten la experiencia del filo, esa que rinde la existencia para hacer bullir lo que, en nosotros, nosotras, se está preparando. ¿Y si aprendiéramos a cantarle al misterio, un cántico sentido en los límites, pero que va más allá? Entre la voz y el silencio, entre el pecho nostálgico y apasionado, reside la posibilidad de lo que vendrá y está ya presente como proceso. Cuando la escritura es capaz de captar ese camino, se convierte en prefiguración de una oportunidad humana.


Crédito de foto: ewbatuwm.blogspot.com/2019/01/january-15-2019-here-comes-sun.html?view=snapshot

[1]      Pandolfo, Stefania. (2018). Knot of the Soul. Madness, Psychoanalysis, Islam. Chicago: The University of Chicago Press, p. 419.

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