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Hacia el respeto de la diversidad sexual en Guatemala

El patriarcado, ese sistema de dominación que margina estructuralmente como lógica y mecanismo eficiente de acción social.

Por René Franco y Juan Pablo Muñoz.

El 28 de junio pasado, cientos de personas y organizaciones que luchan por el reconocimiento y respeto de la diversidad sexual en Guatemala realizaron una marcha en la ciudad Capital. La fecha es simbólicamente relevante: se reconoce que un 28 de junio de 1969 empezaron las primeras manifestaciones en torno a la temática LGTBI (lésbico, gay, trans, bisexual e intergénero), en la ciudad de Nueva York.

Esta décimo cuarta marcha del orgullo LGTBI fue una oportunidad más para que las personas que pertenecen a los movimientos de la diversidad sexual expusieran públicamente que su preferencia sexual no solamente debe ser reconocida sino, sobre todo, respetada por toda la sociedad. Fue, además, un espacio de fiesta en donde demostraron el orgullo que sienten por pertenecer a la comunidad multicolor (en alusión a los múltiples colores con que se identifican) y el valor de demostrarlo en un contexto represivo.

Pero esta marcha no es la única vez en el año en que el movimiento se hace presente en el espacio público. También se conmemora, todos los 17 de mayo, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó a la homosexualidad de su catálogo de enfermedades mentales. A diferencia de la marcha de junio, la de mayo tiene la finalidad práctica de denunciar la discriminación y la homofobia de una sociedad hipócrita que asegura defender los valores democráticos pero que en la vida cotidiana no acepta la pluralidad.

La comunidad LGTBI tiene sobre sí una lucha que en países como el nuestro es incipiente pero que, con esfuerzo y debido a la legitimidad de sus planteamientos, saldrá adelante. Este conjunto de reivindicaciones gira en torno respeto a la persona y, sobre todo, el respeto al libre ejercicio de la sexualidad sin hostilidad, sin prejuicios y sin violencia –material o simbólica–. En este sentido, puede decirse que los grandes enemigos a combatir son la ignorancia de las personas, la doble moral de las instituciones sociales y religiosas y, fundamentalmente, el patriarcado: ese gran sistema de dominación/opresión que margina estructuralmente a la vez que normaliza la imposición y el uso de la violencia como lógica y mecanismo eficiente de acción social.

La lucha de la población LGTBI tiene reivindicaciones propias tales como la modificación a la ley penal para que se incluyan como causales de delito de discriminación la exclusión por razón de orientación sexual o identidad de género; la creación y fortalecimiento de toda la institucionalidad necesaria para la protección de sus derechos –fiscalía ad hoc en el Ministerio Público y defensoría específica del Procurador de los Derechos Humanos–; reconocimiento del derecho al matrimonio igualitario; etc.

A pesar de que todo lo anterior es un programa mínimo urgente, la causa LGTBI debe enmarcarse en una matriz de reivindicaciones políticas y sociales más amplia pues el libre ejercicio de la sexualidad y el pleno ejercicio de la identidad de género requieren de la total emancipación del ser humano como ser global. Ningún movimiento reivindicativo de los valores de igualdad, dignidad y libertad humanas puede permitirse tolerar aunque sea una mínima cuota de intromisión en la identidad de cada quien y mucho menos de ejercicio de violencia. Permitir violencia contra una o uno es abrir la puerta para violentar a todas y a todos.

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