Ixcán: el campesino indígena se levanta, 1966-1982

Inauguramos una serie de breves artículos que reseñan tercer volumen de la colección “Al atardecer de la vida” de Ricardo Falla.

Por Sergio Palencia
Miembro del grupo impulsor de escritos de Ricardo Falla

“Ixcán: el campesino indígena se levanta, 1966-1982” fue escrito entre 1984 y 1985 pero recién verá la luz pública en este año 2015. Este volumen trae consigo una singular novedad histórica: aquí las comunidades campesinas, mestizas pero principalmente indígenas, son vistas desde su propia decisión de lucha y confluencia con el movimiento revolucionario, específicamente con el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). El libro trata lo que posteriormente el terror estatal y el miedo heredado acallaron durante tantos años: la autoconsciencia revolucionaria del pueblo guatemalteco. Esto es sumamente importante a la hora de repensar nuestra historia y posibilita salir de posiciones que solo llevan a un encierro conceptual.

Ricardo Falla es jesuita, antropólogo y escritor, ha narrado los horrores del genocidio ixil. En 2014 comenzó a publicar la colección “Al atardecer de la vida” donde compila obras inéditas sobre su vida, Guatemala y Centroamérica. Leer biografía completa.

El libro guarda en sí el carácter selvático del cual nació a finales de 1983, lo cual permite a quienes lo leen encontrar sus propios senderos e internarse por donde mejor les parezca. Aquí, como verán quienes sigan estas entregas, me enfoco en seis particularidades del libro que, según lo que he estudiado de la lucha en Guatemala, son centrales en el camino de volvernos conscientes de nuestra experiencia como pueblo histórico. A cada escrito le he adjuntado la portada del libro, así como una fotografía que se relaciona con la temática expuesta.

La guerra en su conjunto: contexto de la obra

A mediados de 1981 la guerra de guerrillas entraba, según algunos de sus dirigentes1, en una etapa de generalización y disputa de territorio. Las acciones militares y de propaganda armada del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) abarcaban departamentos como Chimaltenango, Quiché, Huehuetenango, así como parte de Sololá y Alta Verapaz. El horizonte concreto que había marcado la revolución sandinista en Nicaragua impulsaba, desde inicios de 1980, un intento de concentración de fuerzas militares guerrilleras y un llamado general a la revolución mediante distintas propagandas armadas, fuese en el centro-norte de Huehuetenango o la Zona Reina en Quiché. En abril de 1981 el EGP atacó el destacamento del ejército en Cuarto Pueblo, Ixcán. En un momento esclarecedor del libro, Falla cita lo conversado con uno de los entrevistados que participó, en aquellos años, en la Compañía 19 de enero:

«El plan era atacar un cuartel. La bajada de la Compañía era para golpear un cuartel y sacar al Ejército. Como el Ejército está disperso, anda en patrullaje… El Ejército olía que la Compañía había bajado. Todos los de Ho Chi Minh bajaron, bajaron todos, como 130. Es para tomar cuartel y armar la gente y dejar organizada una Compañía (en Ixcán) y volver a la montaña (ixil). Pero vieron los compañeros que el Ejército no se mantenía en los cuarteles. Entonces hay que meter al Ejército y para eso hostigarlos. Y se desplegó la Compañía. Se dividió en los dos distritos (oriente y occidente del Xalbal) y se generalizaron (los hostigamientos).» (Falla, 2015: 397)

Ante la llegada de un helicóptero artillado, no se logró recuperar el armamento previsto del ejército. Empero, este ataque dejó ver el aumento de concentración de fuerzas del EGP, así como los límites de la lucha guerrillera. Como vemos, a pesar de que la Compañía contaba con alrededor de 100 a 120 combatientes armados, no había podido desafiar el poderío de apoyo aéreo castrense. El potencial de combate se acrecentaba y esto preocupaba al ejército de Guatemala. Si el ejército mantenía la estrategia de puestos de control fijo y de patrullajes locales, la misma táctica guerrillera de emboscadas podría aumentar la concentración de fuerzas y, con la creciente simpatía local hacia sus acciones, desembocar en un control territorial que presagiara la toma del poder. Por eso cuando las acciones guerrilleras comenzaron a generalizarse en municipios tan cercanos a la capital, como Comalapa o San Martín Jilotepeque, en Chimaltenango, se hizo inminente una transformación de la estrategia castrense. El momento de la crisis donde se juega el todo o la nada se había acercado.

El primer golpe de magnitud estratégica que asestó el ejército a las guerrillas fue en la ciudad. En operaciones de seguimiento y control de movimientos, la inteligencia estatal había detectado las principales casas de seguridad del EGP y ORPA (Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas). El despliegue militar y policiaco fue enorme y, en el transcurso de un mes, gran parte de la infraestructura de la guerrilla urbana quedó duramente diezmada. De la misma magnitud fue el despliegue informativo de la victoria estatal sobre los grupos subversivos. No sólo habían destruido centros de producción de armamento sino, sobre todo, habían desarticulado las redes de información entre la ciudad y el campo. Se había recuperado armamento que tenía como fin apoyar una posible insurrección urbana. El endeble canal de comunicaciones entre el campo y la ciudad, sitiado por el Estado constantemente, había sido roto e infiltrado. La guerra se decidiría en los territorios semiinsurrectos del campo con canales de comunicación bajo enormes dificultades.

El segundo golpe de magnitud fue, en realidad, una estrategia ofensiva dividida por zonas. El despliegue estatal contrainsurgente concentró fuerzas militares para, literalmente, ir barriendo la población considerada en insurrección o apoyando la guerrilla. La Compañía 19 de enero no habría existido sin un canal de apoyo de comida, recursos, información y abastecimiento en general. Primero, entre octubre y diciembre de 1981, el Estado recuperó el control de la carretera Interamericana, en el territorio del Frente guerrillero en formación, Augusto César Sandino, del EGP, entre Chimaltenango y el sur de Quiché. Luego hicieron ataques paralelos a partir de diciembre 1981 y febrero 1982 en el área ixil y la Zona Reina, donde operaba el Frente más antiguo, el Ho Chi Min. Posteriormente, entre febrero y agosto de 1982, el ejército arrasó aldeas y cooperativas enteras en Ixcán, norte de Quiché, así como en Nentón, Ixtatán y Barillas, en el norte de Huehuetenango2.

Cuando Benedicto Lucas brindaba por el aplastamiento sistemático del EGP en diciembre 1981, en realidad estaba dándole un nombre guerrillero a todo un movimiento comunitario de insubordinación. La contrainsurgencia del Estado guatemalteco y de sus élites financieras, empresariales y finqueras había logrado, al precio del mayor exterminio de la América contemporánea, acabar con la revolución. Fuese con las masacres de pretensión total (Cuarto Pueblo o San Francisco Nentón), con la destrucción parcial de los grupos “contaminados” de la comunidad o con la destrucción de casas y de siembras, el Estado guatemalteco había provocado la huida de miles de personas a las montañas, a la ciudad de Guatemala o al sur de México. Llegaban sin sombrero, sin alimento, sin una segunda muda, cargando bebes y ancianos, mujeres a punto de dar a luz y tantos más aún conmocionados, todavía aterrorizados por la experiencia súbita y concentrada de represión.

Presentación del libro. El lanzamiento de este volumen 3 de la Colección “Al atardecer de la vida, Escritos de Ricardo Falla s.j., se realizará el martes 24 de marzo de 2015, en MUSAC (9a avenida 9-79, zona 1), a las 5 de la tarde.

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