Latinoamérica se moviliza, ¿Guatemala se paraliza?

En los últimos meses hemos presenciado distintas protestas en Ecuador, Chile y Colombia en las que movimientos y organizaciones de la sociedad civil y sectores populares expresan su oposición a decisiones de gobierno.

En sociedades que se gobiernan bajo esquemas democráticos es de esperar que ciertas decisiones gubernamentales y desfavorables a la representación ciudadana y el bien común sean cuestionadas por la ciudadanía. Incluso, son los ciudadanos y las ciudadanas quienes suelen levantar la alerta de signos autoritarios en sus protestas ante las acciones de un gobierno. Hace cinco años, Guatemala era escenario de un ciclo de protestas que culminó con la renuncia del presidente y la vicepresidenta legítimamente elegidos. Para muchos Guatemala era un ejemplo para el mundo -si es que lo fue-, pero hoy Guatemala debe de aprender del mundo, particularmente de las Américas.

Desde ese 2015, con las plazas, la percepción es que el gobierno elegido posteriormente no ha respondido a las demandas ciudadanas. De ser así, ¿por qué no se vuelven a movilizar los ciudadanos y las ciudadanas para protestar ante el mal gobierno como sí sucede en Colombia, Ecuador y Chile?

Las movilizaciones de 2015 en Guatemala tienen algunas características muy diferentes a los ciclos de protestas que se han dado en otros países. Por ejemplo, las plazas en Guatemala, pues no fue solo la plaza de ciudad de Guatemala, no fueron ocupadas por la ciudadanía como un espacio de deliberación y propuesta como sí ocurrió en torno a «Ocupar Wall Street» en Estados Unidos –que se expandió a varias ciudades, no solo Nueva York- Syntagma en Atenas, Plaza Tahir en El Cairo y en las acampadas del 15M en España. Aquí las plazas no se volvieron espacios de encuentro y deliberación ciudadana, sino que los grupos de ciudadanos asistían a ellas con cierta regularidad sin permanecer allí de manera constante a lo largo de semanas. Además, cuando se estaba en las plazas, la dinámica no era de discusión o asamblea, era de protesta sin propuesta.

En el fondo parece haber poca valoración de los ciudadanos y las ciudadanas en Guatemala respecto a generar espacios de interpelación, diálogo y auditoría a los gobiernos. Puede ser un problema de ciudadanía en la medida en que los guatemaltecos y las guatemaltecas no defienden ni ponen en práctica los derechos que les garantiza la Constitución; y tampoco traducen con claridad en propuestas políticas lo que les indigna del régimen político del momento.

Estamos ante un cambio en los esquemas de valores que fundamentan los contratos constitucionales en una escala global y Guatemala no es ajena a ello. Pero en otros países, ante la desvalorización de esos esquemas, los sectores de masas, como los estudiantes en Chile, los pueblos indígenas y clases trabajadoras en Ecuador y los ciudadanos de Bogotá en Colombia, se han movilizado en cantidades significativas y con tal determinación que han puesto a los gobiernos en situaciones de emergencia: el de Ecuador tuvo que ceder, en Bogotá impuso un estado de excepción y el toque de queda, y en Chile envió a los carabineros a las calles. En Guatemala, en contraste, lo más relevante en términos de protesta últimamente fue el plantón frente al Congreso por la aprobación del presupuesto 2020 y la protesta estudiantil ante al Parlacén por la toma de posesión de algunos representantes ante ese órgano; en ambas acciones, la cantidad de manifestantes ni se acercó a las observadas en otros momentos.

No se trata únicamente de la cantidad de movilizados, pues la pregunta es: si los ciudadanos y las ciudadanas se sienten insatisfechos por el desempeño de los legisladores y los funcionarios del Ejecutivo, ¿por qué no retoman una dinámica de movilización como la que se desarrolló en 2015?

Ante una pregunta de esta complejidad puede haber diversos factores que la respondan. Uno de ellos puede apuntar a que la mayoría de ciudadanos y ciudadanas no siente un punto de quiebre en el agravio a sus derechos, pues tampoco existe un «nosotros» colectivo a nivel nacional que haya conquistado esquemas de bienestar como en otros lugares. En Guatemala la precariedad del trabajo y de la condición humana es tal que vemos cómo se deteriora el sistema de salud y se estanca la educación pública y aun así no se organiza una protesta por ello. Se alcanza la edad de jubilación y no se cuenta con un sistema de pensiones para el retiro de cobertura universal. Las redes de transporte nos llevan y traen con muy poca eficiencia y no exigimos un mejor servicio. Y la lista sigue. Cosas sabidas y experimentadas de sobra.

La creatividad organizativa debe de apuntar a crear espacios de encuentro y asamblea ciudadana como un medio para hacer presencia ante los gobernantes. Hay que recordarles a los gobernantes que los ciudadanos y las ciudadanas son sujetos de derechos que los hacen cumplir, y una manera es haciendo escuchar la voz popular desde los lugares públicos.

El pueblo de Guatemala es tímido o quizás ha normalizado el no organizarse, «el no meterse en babosadas». Babosadas son dejar que las condiciones sociales sigan de mala calidad; es tiempo de comenzar a organizarse y ocupar espacios, pues hay derechos que proteger y garantizar si el Estado no lo hace por nosotros.


Foto: Carlos Figueroa, Chile

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/b/be/Protestas_en_Chile_20191025_55.jpg

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