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Las elecciones como arena publicitaria

La oferta electoral nos presenta un escenario en el que solamente podemos elegir por el envase. ¿A esto se reduce nuestro espacio de participación democrática por excelencia?

El 2015 será un año durante el cual el tema electoral ocupará, definitivamente, la primera plana en el escenario político del país. Prácticamente toda acción política pública estará marcada —directa o indirectamente- por la necesidad de los distintos actores sociales de influir en los resultados electorales de septiembre y noviembre.

La población deberá prepararse emocionalmente para ser expuesta permanentemente, y por todos los medios posibles, a una serie de marcas, tonos, colores, siglas, slogans y rostros, que poco o nada tendrán de contenido y que invadirán hasta los espacios más íntimos de las familias y de las personas. A pesar que el Tribunal Supremo Electoral ha autorizado un máximo posible de gasto en campaña de Q57 millones por partido (un poco más de 740 mil dólares, aproximadamente), se considera que los más “competitivos” van a destinar más de Q500 millones (como se estima que lo hizo el partido de turno).

Para burlar este mandato de la máxima instancia en la materia, “los políticos” se valdrán de una serie de artimañas entre las cuales se encuentran: donaciones, testaferratos y, principalmente, simulaciones. Ejemplos de lo primero, se darán a través de la puesta a disposición de los candidatos de múltiples herramientas de comunicación o medios de transporte sin “cobrar” un sólo centavo. Ejemplos de lo segundo será el desvío de fondos públicos o privados a ONG constituidas con el único fin práctico de hacer proselitismo. Ejemplos de lo tercero se manifestarán mediante ardides tales como la publicación masiva de “noticias” o “reportajes”, los cuales no constituirían campos pagados en sí, pero que para efectos prácticos implicarán la promoción de imagen de determinados candidatos.

La imagen lo es todo

Hemos aprendido de la publicidad que para efectos de venta el empaque a veces es más importante que el producto mismo; no lo posicionará a largo plazo, pero lo hará apetecible a primera vista. De hecho, así como en el mercado hay productos que solamente son comprados por los consumidores por el atractivo de su respectivo envase, así hay estrategias de campaña política que se valen únicamente de aspectos externos para aparecer como deseables. Tanto en el caso de las mercancías como de las campañas políticas, el peligro que se corre de no poder ofrecer ningún producto bueno pero sí un envoltorio bonito, es que solamente serán comprados una vez y posteriormente desechados. Nadie que compre un producto bonito pero inservible volvería a comprarlo, ¿verdad?. Sin embargo, eso no importa a los estrategas electorales: al fin y al cabo es lo que buscan, el voto en estas precisas elecciones; total, el próximo periodo el envase cambiará. Y ello será un desenfreno de consumo interminable.

Las anteriores líneas definen, a nuestro juicio, precisamente lo que está sucediendo en el sistema político partidario actual. Partidos políticos que surgen durante un período, compiten durante uno o dos periodos más y que posteriormente desaparecen parece ser el ciclo de vida de esas actuales instituciones que hasta hace unos 30 años aún eran concebidas como herramientas ideológicas de mediación entre las personas y el gobierno. E, insistimos, para eso son creadas: para ser desechadas en apenas cumplan con sus fines concretos.

¿Alguna vez nos hemos preguntado por qué la gente se desencanta una y otra vez de los partidos políticos y sin embargo cae una y otra vez en la misma treta? ¿Y por qué desde 1985 ningún partido político que gana los sufragios vuelve a ser electo? La anterior analogía entre la publicidad y la política nos da, nuevamente, la respuesta. Porque a las góndolas del supermercado únicamente llegan estos envases más o menos “bonitos” y porque la inercia “ciudadana” dicta que necesariamente hay que “usar” algún producto.

Con lo anterior no queremos decir que la mejor postura sea no “comprar ningún producto”. La analogía, de hecho, solamente sirve para entender la oferta. Pero la demanda es otro tema y tiene que ver fundamentalmente con la traslación de las personas de población a ciudadanía, aspecto al cual no nos adentraremos.

¿Puede una persona sustraerse de esa realidad de la mercantilización de la política a la cual será expuesta durante los próximos meses? No. Sin embargo, puede tomar conciencia de la situación que se le plantea. Las próximas autoridades que sean electas lo serán por una cuestión de imagen en función directamente proporcional de su capacidad de inversión en posicionamiento y quienes no inviertan no aparecerán bajo ninguna circunstancia en los resultados. Es una realidad que no se puede transformar de forma inmediata en tanto el círculo vicioso de la oferta decrépita de opciones y la demanda insensible se complementen. El círculo debe ser roto por alguna parte y seguro que no vendrá de parte de las instituciones políticas per se, pero necesariamente un proceso transformador debe abarcarlas.

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