Los Acuerdos de Paz no fracasaron, la sociedad guatemalteca, sí

Una mirada a los Acuerdos de Paz a 20 años de su firma.

Los indicadores sociales en todas las materias indican que Guatemala se mantiene en un estado permanente de emergencia. Todos los índices que reflejan niveles de democratización, inclusión, seguridad integral y desarrollo individual y colectivo son materias que siempre están pendientes, que ocasionalmente experimentan avances lentos, pero que la mayoría de las veces sufren atascos y retrocesos repentinos y hasta anunciados.

A la vez que lo anterior sucede, la tradición guatemalteca, siempre urgida de resultados positivos inmediatos y ante la impotencia de alcanzarlos, se lanza tras explicaciones que giran en tres sentidos: justificativas, que niegan o aminoran el impacto de los males sociales; reduccionistas, que pretenden ver las causas de todos los males en la existencia del otro, perfectamente delineado como malo; y, románticas, que se basan en hechos aislados, aunque sean ciertos, para construir edificios interpretativos con pretensiones de universalidad.

Y es en dicho sentido que actualmente se valora a los Acuerdos de Paz. Surgidos como un programa de transición, lo cierto es que no encontraron ninguna fuerza social de importancia que los tomara como herramienta mínima de trabajo en su quehacer político de frente a una eventual conducción de la administración pública. La prueba de ello es la contundente derrota que tuvieron en 1999, quienes intentaron fundirlos en el texto constitucional.

…Los Acuerdos de Paz no encontraron ninguna fuerza social de importancia que los tomara como herramienta…

A partir de entonces y más o menos hasta la fecha, los Acuerdos de Paz fueron desintegrados. Se han convertido en una masa amorfa de peticiones y alaridos de auxilio que van en distintos sentidos por parte de agrupaciones de masas y pro Derechos Humanos en todas sus denominaciones. Las organizaciones campesinas, indígenas, de mujeres, de niñez, contra impunidad, etc. hacen impresiones parciales de sus textos y le dan lectura a nada más que su pedazo. Y citan su pedazo para restregarle en la cara al Estado que es un compromiso que adquirió, que debe asumirlo, que está allí escrito, corroborando el fetiche que la tradición jurídica positivista que profesa el país le da a cualquier documento al que le asigna la categoría de ley.

Desafortunadamente para el país, esa atomización de los Acuerdos de Paz no funcionó. El parcelamiento temático, no funcionó. Tomarlos como un centenar de excusas o acicates legales para ir a plantarse largas jornadas frente al Congreso o a ocupar asientos a centenares de mesas técnicas y a vociferarlos en miles de foros organizados por la sociedad civil con fondos de la cooperación internacional, no funcionó. Que cada quien citara la frase que más le conviniera en cada caso concreto, no funcionó. Y no funcionó, insistimos, porque el sentido de los mismos no es el de ser una sumatoria de demandas (elija la que quiera), sino porque siendo un programa político, económico y social básico y temporal, exigía una fuerza que los concentrara e impulsara como un todo. Y esa fuerza nunca existió.

Contrario a ello, lo que si ha existido es un conjunto de fuerzas políticas que han abanderado y promovido con eficiencia legislación y políticas públicas que precisamente van en el sentido contrario a los Acuerdos de Paz: privatización de servicios sociales, consolidación de la impunidad, sostenibilidad de la corrupción, militarización de la ciudadanía, etc. Y estas fuerzas se organizaron, invistieron diputados, nombraron ministros y permearon la burocracia, razón por la cual nunca mendigaron, ellas dirigieron.

…El parcelamiento temático, no funcionó. Tomarlos como un centenar de excusas o acicates legales para ir a plantarse largas jornadas frente al Congreso o a ocupar asientos a centenares de mesas técnicas y a vociferarlos en miles de foros organizados por la sociedad civil con fondos de la cooperación internacional, no funcionó…

De la guerra, en la década de 1990 había que salir; quizás incluso antes. Y los Acuerdos de Paz son precisamente eso: indicaciones sobre a dónde avanzar, no más. Por ello son un programa de transición, sin perjuicio de que las transformaciones señaladas se fueran intensificando conforme la correlación de fuerzas lo permitiera para los sectores más dispuestos a experimentar cambios radicales en la estructura del país. Pero la transición nunca se dio. O más bien, nunca se terminó de dar. La etapa de posconflicto primero se materializó en una nueva forma de violencia, antes de resolver la que se traía. El duelo de la muerte nunca se cerró; tras unos muertos se empezó a llorar a los siguientes.

Por ello, el denominado “fracaso” de los Acuerdos de Paz no estriba en el poco tino de sus preceptos (aunque, claro, muchos de ellos ya no son vigentes). El fracaso del que hablamos es más bien el de una sociedad que ni en la guerra ni en la política logró desarrollar y defender un programa elemental que progresivamente fuera dotando de derechos y garantías reales a cada vez más población. Y echarlo a andar.

Por todo lo anterior, el Centro de Políticas Públicas para el Socialismo hace un llamado a la ciudadanía para que valore en su justa dimensión los puntos sustantivos contenidos en aquéllos documentos, para que su bandera deje de ser la de la frustración provocada porque no le cumplieron y los retome y actualice, organizándose para mejorar el nivel de vida de las y los guatemaltecos. Olvídese, pues, si se quiere de dichos documentos como tales, pero retómese la urgente tarea de construir un plan de transición hacia una sociedad mejor, y allí hay material.

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