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Mujeres de esperanza, memorias de la guerra contrainsurgente

El presente artículo es el texto íntegro de la ponencia: “Mujeres de esperanza, memorias de la guerra contrainsurgente de Guatemala”, elaborada para el XIV Congreso Centroamericano de Historia, celebrado en la ciudad de Guatemala, entre el 6 y el 10 de agosto de 2018.

Por: Mtra. Anelí Villa Avendaño

Mujeres de esperanza, memorias de la guerra contrainsurgente de Guatemala

 

Como es bien sabido para este auditorio, Guatemala vivió en la segunda mitad del siglo XX un período de violencia atroz, que se ha llamado de manera oficial como Conflicto Armado Interno, pero que yo insisto en nombrar guerra contrainsurgente –porque los nombres importan- y es preciso visibilizar cómo bajo la bandera de una lucha contrasubersiva se desplegó todo un aparato represivo de guerra militar y política desproporcionado contra poblaciones enteras que en algunos de sus períodos adquirió el carácter de genocidio, como ya fue demostrado y sustentado legalmente en la sentencia emitida el 10 de mayo de 2013 por el Tribunal Primero A de Mayor Riesgo, en contra de los generales Efraín Ríos Montt (que en paz no descanse) y Mauricio Rodríguez Sánchez.

Una historia de las víctimas

Desde la firma de la pretendida paz en 1996 hasta la fecha se han articulado y construido una gran cantidad de testimonios, documentos, libros, sistematizaciones e informes que buscan explicar, narrar o justificar lo ocurrido durante estos años, trasladando los conflictos y posiciones políticas al terreno de las memorias y las historias, pues se tiene clara conciencia de que la Historia no es sólo pasado sino sobre todo proyecto de futuro.

Muchas de estas memorias, sin embargo, se han enfocado en los hechos de violencia y participado de manera propuesta o no en la consolidación de una historia de víctimas. El objetivo principal de esta ponencia es problematizar cómo nos acercamos a la memoria histórica para salirnos de la memoria victimal y romper ese tiempo vacío impuesto por la dominación, del que hablaba Walter Benjamin, que impone una narrativa de continuum de violencia invisibilizando las luchas de resistencia y con ello negando las posibilidades de un futuro distinto. La historia es en este sentido también un territorio de disputa en el que se hace necesario dejar escribir desde la “visión de los vencidos” o como un compendio de derrotas acumuladas para comenzar a darle fuerza a esa otra historia que también existe, la de los lazos comunitarios, el poder de lo colectivo, la resistencia de las mujeres, las redes de solidaridad, eso que nos mantuvo y nos mantiene con vida, una historia de esperanza.

Comenzaré entonces problematizando las implicaciones que puede tener construir una historia de víctimas en la que prima la violencia, llevándonos a naturalizarla como parte inherente de nuestra vida y perpetuando el horror. El objetivo de los cuerpos represivos en su alianza con las clases oligarcas al torturar y masacrar comunidades era dejar clara la lección punitiva de que luchar, rebelarse, resistirse merecía la eliminación, las acciones de violencia se ejercían sobre una persona en específico o sobre una comunidad pero estaban dirigidas a toda la sociedad llamándola a la inacción o a la indiferencia. Si estamos de acuerdo con esta afirmación será preciso entonces preguntarnos de manera crítica si seguir centrándonos en las memorias del horror no es un poco hacerles el trabajo de promoción de la pasividad y el miedo.

El efecto de seguirnos viendo como víctimas

Aquí me resulta fundamental traer a colación la propuesta que hace Elizabeth Jelin en torno a la necesidad de historizar las memorias y entender en qué momentos y con qué fines es que estas aparecen. Ella señala -para el caso argentino y aplica también para el guatemalteco- que ha habido distintos tiempos para las memorias, uno fue el momento de la dictadura en que lo más importante era la denuncia de los crímenes de lesa humanidad porque se quería parar la violencia y para ello había que darla a conocer, denunciarla y llamar a la solidaridad para exigir su fin. Terminada la dictadura vino un tiempo para exigir que se hiciera justicia, que según afirma debería de haber concluido pero que dadas las trabas en los procesos de juicios se ha alargado hasta nuestros días, tanto en la Argentina como en Guatemala.

Para llevar a cabo los procesos judiciales tal como está establecido en el derecho, la figura de la víctima aparece como una necesidad jurídica. Es preciso enfocarse en la acción que ejercieron de manera violenta los ejércitos represivos, lo que lleva al correlato de la víctima, entendida como esa persona que sufre perjuicio o daño por otro y que debe de algún modo permanecer pasiva.

Resulta un tanto perverso pensar que solo si somas pasivas y nos quedamos quietas merecemos que se haga justicia por nosotras. En la ciudad de México hubo hace pocos años el caso de una joven, Yakiri Rubio, que logró sobrevivir a una violación y secuestro defendiéndose con el mismo cuchillo con era atacada, empuñándolo contra su agresor lo que le permitió huir. El sistema de justicia mexicano, que en estas cosas funciona igual que el guatemalteco, enjuició y encarceló a Yakiri por “exceso de legítima defensa”. Así de absurdo como suena nos deja ver lo que nuestros sistemas y gobiernos esperan de nosotras, que no nos defendamos en exceso, que nos reconozcamos víctimas para que esperemos pasivamente la agresión y el despojo, que nos quiten las tierras, el agua, la vida misma y nosotras -nosotros- solo permanezcamos con la cabeza agachada y mendigando por un mínimo de justicia.

En lo que a nosotros alude se hace menester no replicar en los discursos históricos las trampas de este sistema judicial que nos limita a esta identidad victimizante, porque las identidades marcan. Esta se ha enquistado de manera profunda en las mujeres, cuya presencia en la construcción de los estados nacionales ha estado situada siempre en un lugar secundario, desde ese ser a partir de los otros, cuyo devenir depende de los otros que realizan la acción. Pasa entonces que nuevamente se naturalizan las opresiones, es decir se asume que siempre hemos sido, somos y seremos víctimas de un sistema, generando un efecto inmovilizador que nos impide pensar en otra forma de relacionamiento social, que nos lleva a la derrota antes del combate, o incluso nos genera una especie de culpa cuando pretendemos salir de la victimización, pues aparentemente traicionamos al grupo al que pertenecemos, en torno a ello quiero remitir el interesante y potente trabajo que han hecho el colectivo de mujeres mayas de Kaqla, quienes proponen la necesidad de sanar la trama histórica de la victimización, reconocer su existencia, trabajarnos su origen, la culpa social y poder entonces construirnos sujetas de cambio.

Hay que decir que además aprendimos que de ese ser víctimas podemos obtener la atención de la cooperación extranjera y garantizarnos con ello el sustento de la vida diaria, entonces no estamos tan fácilmente dispuestas a abandonar esta identidad. Es perverso pensar que estas cooperaciones solidarias que nos permiten en nuestros países realizar trabajos profundamente políticos nos mantuvieron años  en esa categoría y aún hay algunas que la utilizan. O bien que le apuestan a eso que nombran como empoderamiento, como formación del sujeto político, pero me pregunto solo a manera de provocación, si esto no tendría que venir de nosotros, de nosotras, si no tendríamos que ser nosotras quienes decidiéramos tomar la voz, romper la condicionante de víctima y no ser esta irrupción una concesión que se abre desde los centros de poder y que nos genera una profunda dependencia de sus recursos y sus presencias.

La otra historia, la de sujetos y sujetas políticas

En esta guerra o disputa de las memorias lo que sigue estando entonces en juego es nuestra afirmación como sujetos y sujetas políticas, como seres con la suficiente determinación para cambiar el devenir de las cosas y del tiempo. No es que estemos pretendiendo la emergencia de nuevas sujetidades, de ese hombre o mujer nueva que ahora si tome consciencia del devenir histórico e irrumpa al fin de la masa para la liberación, porque entonces sería asumir nuevamente que siempre hemos estado sometidas, que esta es nuestra condición ancestral y esa no es toda la verdad, no es el lado completo de las cosas.

Es cierto y demostrable en los hechos históricos que tenemos una historia de siglos de explotación, de sometimiento, de miseria, despojo, desarraigo, de la violencia física y sistemática sobre los pueblos y de manera específica sobre los cuerpos de las mujeres. Sin embargo, no es menos cierto que durante todos estos siglos siempre ha habido resistencias, oposiciones y apuestas emancipatorias. Que hemos ejercido acción, es decir, no hemos -a lo largo de quinientos años- recibido las agresiones de brazos cruzados porque si esto fuera así entonces simple y llanamente no estaríamos aquí, habríamos desaparecido con la invasión española o con las masacres genocidas de la guerra y lo cierto es que aquí seguimos, que nos mantenemos con vida, en pie, defendiendo la dignidad negada por esos otros. “¡Aquí estamos y estamos vivas!” gritan en las manifestaciones y juicios las mujeres sobrevivientes de la violencia durante la guerra y con cuánta razón lo afirman como fortaleza, pues no sólo es la guerra la que han tenido que sortear, su resistencia es tan larga como la historia de explotación en estas tierras.

Como historiadores no necesitamos inventar nuevas sujetidades sino que debemos de reconocer la sujetidad que hemos tenido a lo largo de la historia, las empresas emprendidas, las defensas férreas de la vida que nos han posibilitado mantenernos, estas memorias son las que nos van permitir prender la esperanza, las que nos van posibilitar seguir soñado en una realidad distinta. Si miramos la historia no como ese terrible peso de opresiones y dolores con el que una solo puede sentarse a llorar, paralizarse o resignarse y comenzamos  a mirar la historia como un aliento de esperanza entonces nos será más posible caminar, volver a salir a las calles, generar o bien fortalecer nuestras colectividades, asumir y defender la dignidad. La esperanza y las apuestas por la vida están ahí y considero que una de nuestras tareas con historiadores, cientistas sociales es voltear a verlas, no por negar las violencias, no por acallar las responsabilidades de Estado estas se tienen que seguir señalando, continuar los procesos de justicia porque la justicia sana, la justicia también aporta a la dignidad, y es de recobrar la dignidad de lo que estamos hablando.

Algunos hilos para comprender esa otra historia

Dada la limitación del tiempo de la presente ponencia y en aras de la virtud de un público conocedor del tema guatemalteco, no me extenderé en los detalles de los hechos históricos sucedidos durante la guerra que han sido sumamente estudiados y pueden leerse por fortuna en varios trabajos académicos de gran rigor, tan solo quisiera esbozar algunas de las propuestas que he pensado sobre cuales podrían ser los hilos para pensar de manera distinta la historia de la guerra. Valga decir que estas forman parte de la investigación doctoral que me encuentro realizando por lo que lo planteado aquí son tan solo pinceladas de un trabajo mayor.

Un primer hilo que encuentro es el que se teje en los propios vericuetos de las memorias trasmitidas generación tras generación, podemos rastrear entonces una memoria de larga duración, de siglos de resistencia que se mantienen en la memoria subterránea, como la nombra Michael Pollak, en los espacios privados o de manera clandestina cuando se hizo necesario.

Esa memoria de saberes de resistencia de organización se mantuvieron por siglos en el terreno de lo interno pero en el momento de una experiencia límite como fue la guerra, saltan nuevamente al recuerdo y se ponen en acción. Quizá resulta un poco aventurado afirmar que encontramos en las prácticas de resistencia de la guerra algunas formas de continuidad con las que se tuvieron en tiempos de la invasión y colonización; sin embargo, estoy convencida de que estos hilos se pueden rastrear a la manera que lo proponía el historiador italiano Carlos Ginzburg de buscar las huellas.

Este continuum salta de manera evidente al ver la forma en que estos pueblos –y no solo ellos- huyeron de la violencia refugiándose en las selvas y montañas, estableciendo asentamientos donde de manera precaria pero eficiente lograron sostener la vida. Esta respuesta la tuvieron los lacandones e itzaes ante la invasión y fue repetida a lo largo de los tres siglos coloniales en distintos motines, como el de Jocotán y Camotán de 1749 cuando los indígenas comienzan a irse a la montaña, lo que era considerado según las fuentes como una de las mayores afrentas al régimen colonial. La misma forma la encontramos en los tiempos de los gobiernos liberales que siguieron a la independencia y la veremos desarrollarse en la guerra contrainsurgente como parte de las estrategias de autodefensa de las comunidades que al cabo de unos años se consolidan como Comunidades de Población en Resistencia. Dentro de este hilo de continuidad me interesa subrayar el papel que las mujeres tuvieron en el sostenimiento esencial de la vida, poniendo en práctica los saberes en torno a la salud y la sanación, siendo ellas las encargadas de la partería, de curar con hierbas, las hueseras, conocimientos que lograron sostener pese a los siglos de colonialidad, al posterior entrometimiento del estado nacional para desarticular las prácticas y saberes comunitarios.

Es necesario voltear a ver también la importancia que durante la guerra contrainsurgente tuvieron las ceremonias mayas que acompañaron el proceso revolucionario y que de alguna manera permitieron el sostenimiento de la vida trayendo a la luz de esos hechos una ancestralidad que acompañaba la lucha aunque muchas veces esta espiritualidad no fuera explicitada ni mucho menos reconocida por las comandancias guerrilleras,  pero que estuvo presente y que hoy es revalorada por muchas excombatientes. La espiritualidad ha sido además un elemento fundamental en los procesos de sanación de la posguerra.

Además de sostener espiritualmente y de aportar a los procesos de salud, las mujeres fueron fundamentales en el sostenimiento material de la lucha, generando redes para el abastecimiento y la alimentación de los y las combatientes. Como nos narra Mirna Paiz para las primeras embestidas guerrilleras de los años 60, la presencia de estas redes de mujeres resultó fundamental.

Ellas, con el simple acto de echar tortillas y cocinar algunas cosas para nosotros, en general con gran simpatía aunque a veces con un temor que hasta cierto punto iba siendo superado por los días y la conciencia revolucionaria, ya estaban participando en la guerra, dando su aporte, y cómo este simple hecho cambiaba un poco sus vidas, les iba dando más sentido de independencia liberándolas de complejos de inutilidad para cosas que no fueran las que tradicionalmente están reservada a la mujer en el campo. Al mismo tiempo, viendo la perspectiva de desarrollo de nuestra lucha, les decía en que forma podrían participar, hablándoles de coser uniformes, acumular abastecimientos para la guerrilla, etcétera.[1]

Tanto con estas primeras guerrillas como con las de los años 70 y 80, estas redes fueron tejidas con muchas mujeres de las aldeas, ya fuera que se asumieran parte directa de las organizaciones o bien bases de apoyo. Sin ellas las guerrillas no habrían logrado sobrevivir, sin embargo ha sido poco el interés que se les ha puesto quizá por considerar que este servicio es parte inherente del ser mujer –y más acentuadamente de las mujeres indígenas- y no un acto político que deviene de una decisión consciente de participación.

Los movimientos revolucionarios se sostuvieron en el ejercicio cotidiano de la resistencia de estas mujeres, así como en la articulación de otras redes nacionales e internacionales. Por lo que considero que otro hilo a partir del cual se puede repensar las historias, es el de las redes de solidaridad que comienzan a activarse desde la salida de Arbenz y el desmoronamiento de los sueños de la primavera democrática del que luego tienen que recomponerse, lo que logran gracias a estas redes de exiliados fuera de Guatemala

Ante la ruptura del tejiido social, ante la persecución y la violencia, los apoyos y afectos que se tejieron más allá de lo local, rompiéndose las fronteras, hermanando las luchas y los intereses por alcanzar la justicia y permitiendo así desde lo más inmediato que era sobrevivir hasta la articulación de la organización social. Encontramos entonces una primera red apegada al partido comunista guatemalteco, el PGT, que se reunía en México en casa de los Solórzano Foppa donde fueron recobrando las fuerzas para volver a Guatemala a emprender otro proyecto de organización y lucha.

En los primeros años de la guerra encontramos la casa de la familia Paiz Cárcamo que servía como refugio de los militantes que llegaban por una temporada en lo que se les sacaba a otro lugar o se bajaba la presión, al respecto Mirna Paiz narra “Tal vez por ser todas mujeres nuestra casa ofrecía algunas condiciones de seguridad para albergar compañeros (…) Mi mamá ofrecía todas las atenciones que eran necesarias para que los compañeros estuvieran cómodos y seguros”[2]  Es preciso pensar pues en este aporte que hicieron las mujeres dentro de las casas de seguridad dentro y fuera de Guatemala, para esconder o resguardar gente o bien para sacarlos del país en los momentos de mayor hostigamiento político. Fueron esta redes lo que muchas veces permitieron salvar la vida y los proyectos revolucionarios, pues se generaron espacios de retaguardia para repensar las acciones y estrategias.

Si bien lo que detrás de estas redes es la ideología y los sueños compartidos de crear un mundo nuevo y más justo; opera en ellas de manera mucho más fuerte y podríamos decir que incluso más operativa las redes de afecto, amor y ternura. Lo que nos hace voltear a mirar el último hilo que quiero dejar planteado que es del amor como un agente movilizador de la lucha, específicamente de las mujeres. En este sentido retoma la propuesta feminista de entender el potencial político del amor, no desde la visión romántica del amor de pareja y la posesión sino pensando en la potencia de libertad. Siguiendo a Chela Sandoval en su afirmación de que la resistencia, el amor y el deseo pueden guiar para seguir adelante, de ir más allá de los límites.

Este amor como agente movilizador para emprender la lucha lo encontramos de manera explicita en varios testimonios de entre los que destaco la de Soledad – mujer combatiente urbana de extracción humilde- que nos compartió su experiencia del amor “el amor verdadero, el amor a la gente, a mi prójimo, porque amor, amor de mi esposo nunca lo tuve… entonces lo que tenemos que hacer es nunca casarnos… yo nunca pienso que el amor este en el esposo, el amor está en la lucha, mi amor está en la lucha porque cuando yo voy y me junto con las mujeres siento la alegría, la felicidad es que los pueblos tengan sus cosas, la salud”.

También Yolanda Colom afirma que la lucha fue precisamente este amor que decidieron alzarse y que “el único delito ha sido atrevernos a desafiar el sistema imperante con la sola fuerza de nuestros sueños, dignidad y convicciones, aunque solo fuera para ganarle al magno océano de la ignorancia, la miseria y el horror un palmo”.

El amor fue también lo que posibilitó resistir en contextos tan atroces como el de la tortura, Yolanda Aguilar cuenta en uno de los primeros testimonios donde habla de los vejámenes y torturas que le hicieron los militares que lo que le permitió en ese momento sostenerse no fueron los ideales políticos o las causas revolucionarias sino el querer volver a abrazar a su madre.

Estas ideas son apenas un esbozo de algunos hilos con los que pienso pueden darse nuevos tejidos para la historia, que me interesaba dejar planteados como un reto por hacer para comenzar a escribirnos una historia donde seamos dignas y rebeldes, donde encontremos el aliento para configurar una sociedad distinta. Donde logremos darle fuerza política a cosas como el amor, el deseo y la esperanza, porque fue precisamente eso lo que les permitió a las mujeres sobrevivir, la posibilidad de operar desde el amor y desear dese ahí una vida digna para todas.

[1] “Rosa María, una mujer en la guerrilla…”, P. 168.

[2] Entrevista a Mirna Paz, marzo 2014.

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