Y de nuevo el tema de Belice

La posibilidad de una acción militar en el país vecino no es más que un show para distraer a la polación de problemas estructurales.

Por Juan Pablo Muñóz Elías

Objeto de permanente preocupación desde la Época Colonial, fue hasta el siglo XX que el gobierno central de Guatemala logró operativizar medidas efectivas de colonización en el área norte de su territorio. Sin embargo, aún hoy carece de control sobre tan vastos territorios (refiriéndonos al caso de El Petén y parte de Izabal), como se deduce de las recientes denuncias que indican que dicha área es terreno de nadie, donde cohabitan narco-terratenientes, megaempresas de monocultivos o petroleras y taladores ilegales de maderas preciosas, cazadores furtivos y saqueadores de patrimonio arqueológico, estos últimos pagados por poderosas fundaciones nacionales e internacionales que lucran con los vestigios de la cultura maya clásica.

Ante la anterior realidad, ¿qué puede el país reclamar en relación a Belice, territorio ajeno a la “historia nacional” desde siempre? Invadida por los enemigos eternos del mal logrado imperio español, los ingleses hicieron de la Honduras Británica una punta de playa para introducir las mercancías de contrabando que tanto malestar causaron en las industrias locales durante los siglos XVIII y XIX, sin que se hubiera podido hacer algo para revertirlo. Hacia el siglo XIX, Inglaterra, dueña absoluta de los mares y rectora económica del mundo, financió a tal punto a los bandos formados a propósito de la Independencia del gobierno español, en la década de 1820, que efectuó los primeros pasos para el reconocimiento de una realidad: su dominio sobre dicho territorio.

El propio gobierno guatemalteco tuvo que “negociar” aquélla área y desde hace más de siglo y medio hasta la fecha ha sido objeto de múltiples acciones diplomáticas, en las que el país ha dado pasos erráticos, que finalizaron en la década de 1980 con el reconocimiento del nuevo país, por lo demás miembro de la Common Wealth.

Todo lo anterior nos lleva a pensar que tras innumerables fracasos por “recuperar” un territorio sobre el cual nunca se ejerció dominio, lo más conveniente para Guatemala sea de una vez por todas alcanzar un acuerdo que fije definitivamente las fronteras y afrontar la realidad de que su vecino es soberano y establecer relaciones amistosas con el mismo. Y difícilmente haya político que no lo entienda.

Sin embargo, a pesar de la obviedad del asunto, el tema ha sido instrumentalizado en múltiples ocasiones para alcanzar determinados fines. Recordemos por ejemplo, la cruzada nacionalista de uno de los gobiernos más corruptos y mediocres del siglo XX, el del General Ydígoras Fuentes. Ataviado de militar, se internó en la selva petenera y vociferó que recuperaría dicho territorio apelando a un infundado y forzado nacionalismo. El acto fue todo un show y hasta las personas de su tiempo concordaron en que el presidente era un “loco” y un “payaso”. Sin embargo, el momento en que ello sucedió concordó con una ola de levantamientos cívicos y militares que llevaron a la conformación de las primeras guerrillas guatemaltecas, frente a las cuales se necesitaba levantar la imagen de un Ejército que había quedado mal parado una década antes al haber traicionado flagrantemente a la Revolución de 1944-1954.

Idéntica situación ocurrió a principios de la década de 1980, cuando los militares que libraban la época más sangrienta del Conflicto Armado Interno, cuyos costos más grandes fueron el genocidio de varios pueblos de ascendencia maya (entre ellos los ixiles, quiche’s, achi’es y varios más) y el desbaratamiento de sectores intelectuales y políticos de ideología socialdemócrata. Un ejército que infundía terror, buscó ganar legitimidad a través del planteamiento de una causa común, similar a la situación del Conflicto de las Malvinas en la Argentina. Nuevamente, el tema fue apenas promocional, pues debe tomarse en cuenta que a dicha fecha el Ejército de Guatemala tenía ya casi 80 años de no librar ninguna guerra contra ningún otro ejército moderno (particularmente con uno que contara con una superpotencia como Inglaterra de respaldo).

Ahora, un tercer ejemplo nos da la historia de cómo un gobierno sin rumbo político y hambriento de publicidad, retoma el mismo tema para provocar sentimentalmente a una población ansiosa de identidad y de algún éxito, frente a tanta frustración. Esa enfermedad degenerativa llamada nacionalismo, que en Europa provocó guerras mundiales y odio, patéticamente campea ahora, tomando como excusa el reclamo de un territorio que nunca ha sido de esta ficción denominada Guatemala.

Ante la lamentable muerte de un niño, en condiciones que a ciencia cierta se desconocen, las primeras medidas del gobierno de Guatemala fueron el retiro temporal de su embajador en dicho país y el redoblamiento de los efectivos militares en la zona en conflicto. A la vez, suben de tono las declaraciones públicas de los funcionarios guatemaltecos y se elevan las quejas a los mecanismos políticos regionales. La respuesta no se hace esperar: oficialmente, los Estados Unidos generan un cable indicando que apoyan a ambos países y que desaprueban toda clase de conflagración.

La muerte del niño aparece como la preocupación número uno de los gobernantes, como indicando que en ello se condensa el orgullo nacional, como diciendo bravuconamente que el Estado no soporta la muerte de ninguno de sus miembros, por lo que traslada a lo mejor de su institucionalidad para preservar la integridad de la “nación”. Soldados que en más de cien años solamente han combatido a otros guatemaltecos, aparecen como el valuarte último de la institucionalidad, en el marco de una cadena de hechos que de unos meses para acá han situado a la entidad militar en el centro de la crítica por la comprobación y sindicación de su participación en hechos de graves violaciones de Derechos Humanos del pasado y del presente (como el caso de la cadete violada en instalaciones militares por oficiales del Ejército).

¿Serán tan testarudas las autoridades que remotamente pensarán la posibilidad de efectuar alguna acción militar o estarán montando un show para distraer a la población nacional de problemas estructurales, que no tienen ni la menor idea de cómo abordar, aún a costa del deterioro de la relación con el vecino, con quien les guste o no deben convivir? Dado que lo primero resulta inverosímil, es la segunda línea de interpretación la que se ha tratado de exponer en este artículo, haciéndose un llamado a la ciudadanía a no caer en provocaciones ni engaños fraguados para lavarle la cara a una institución manchada de sangre de nuestras y nuestros propios compatriotas.

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